FERNANDO RIVERA: USTEDES QUE JAMÁS VIERON MI MUERTE (2025)
«Ustedes que jamás vieron mi muerte es una impugnación que deja leer sin complicaciones; una impugnación ante las verdades incompletas. Su estructura tiene un ritmo muy marcado, cómodo en sus lineamientos, pero impredecible en ciertos detalles de la trama y los recursos paratextuales».

Crítica
FERNANDO RIVERA: USTEDES QUE JAMÁS VIERON MI MUERTE (2025)
REGIÓN: AREQUIPA
AÑO DE PUBLICACIÓN: 2025
VALORACIÓN: (2.5/5)
EDITORIAL: ALETHEYA
Después de una primera incursión en el género novelístico y una primera edición de su más reciente obra narrativa, Fernando Rivera trae consigo una nueva versión de Ustedes que jamás vieron mi muerte. Once años de diferencia la separan de la edición de 2016, así como veinte años la distancian de Invencible como tu figura (2005). Se trata, pues, de una publicación pulida, un cuadro extenso y retocado que despliega matices autoficcionales, detectivescos y urbanos sin descuidar el prisma básico del realismo. La historia se dispersa en cuatro rutas: «Cenotafio», «Espejismo», «Genealogía» y «Prótesis»; las cuales fundan narrativas que moldean la personalidad de cuatro amigos que se reunieron una noche para compartir el calor de una fogata sin imaginar que estarían cerca de un homicidio múltiple. La inquietud de Fernando, quien decide recordar los acontecimientos de esa velada pese a los demonios que puedan despertar, lo llevará a visitar a Rodrigo, Richie, Pejerrey y Reynaldo. De modo que Francia, Italia, España y Perú serán escenarios clave en este recorrido.
En simultáneo, los reencuentros se alternan con las indagaciones del periodista J. Valencia, cuyo conocimiento del caso toma forma en sus reportajes. A través de ellos descubriremos el pasado y las implicancias en el fallecimiento de Pedro Zárate y Leónidas Calapuja, dos amigos con una ambición común: fabricar algo más que una máquina, animar una criatura robótica identificada con las siglas TTK. De ahí una dosis sobrenatural que da rienda suelta a la especulación sin remover por completo el lente realista, pues priman las voces de cada testigo según sus experiencias concretas: una voz parca, una voz desenfadada, una voz dinámica y una voz casual quedan registradas en las visitas de Fernando. Asimismo, la narración se sirve de paratextos que intentan exteriorizar los referentes ficticios: epitafios de un cementerio francés, ilustraciones de Huamán Poma, cuadros de un arlequín, inscripciones en clave andina, entre otros. El efecto buscado excede el simple acto de clarificar las escenas en marcha; su anhelo es superar la grafía común y corriente, contar sin palabras para salir del texto, crear la ilusión de que salimos más allá de lo ficticio.
«Cenotafio» inicia entre lápidas y memorias de escritores difuntos. César Vallejo y Marguerite Duras permanecen inmortalizados en los epitafios y grabados de sus tumbas parisinas. Sin embargo, los recuerdos de Rodrigo conectan estos muertos con otros no tan famosos: su padre y los judíos sepultados en La Apacheta de Arequipa. Tales halos fluyen a través de reflexiones que terminan en la breve historia de un sobreviviente polaco de la Segunda Guerra Mundial, cuyo pasado terminamos por desconocer a ciencia cierta. Es así como nace un cuento que llena este vacío, brota artificiosamente como una tumba vacía que solo sirve de monumento para recordar a una persona. A partir de este símil, también se hace imperioso recobrar los sucesos de aquella noche entre amigos para llenar el vacío de los testimonios, aunque acabe por ser solo una obra cenotáfica por la imperfección que podrían tener los recuerdos. Así, recordar es arriesgarse a volver verídico un artificio desde la parcial inexactitud.
En consonancia, «Espejismo» se localiza en dicho reino de lo inexacto, donde moran apariencias y giros un tanto inesperados. Desde la vestimenta de Richie, la cual es un espejismo de José Carlos Mariátegui, hasta la opacidad que experimenta al perder sus anteojos en los museos del Vaticano, la cual le deja encontrar un romance con una japonesa que es un espejismo promisorio. No obstante, la danza de lo difuso, el testigo de Roma manifiesta una constante ligereza que lo caracteriza, salvo en los momentos más álgidos de su relato, cuyo desenlace recurrirá al juego latente de las apariencias para subsidiar particularmente a la hija de una difunta sin que esta se entere de su orfandad. Conscientes de esto, ahora notamos que rememorar los sucesos del crimen resulta enredoso y que provoca miopía en el intento de dar con lo verídico. Richie confronta el olvido, pero solo se remite a un caballo muerto o a una imagen parecida, cuyo origen se disipa con las brasas de aquella fogata en Challapampa.
«Genealogía», por su parte, transcurre en Madrid y atrapa al lector con el dinamismo simpático de Pejerrey. Este carisma, empero, no se libra de las tragedias; tanto el hecho ensordecedor que experimenta al pasar por un pueblo de la Amazonía peruana como la rehabilitación psicológica de una compañera de trabajo que conoce en España amenazan con devorar su equilibrio. Así también, conviene enfatizar que ambas experiencias traen consigo los lazos familiares: la descendencia y la ascendencia se anudan en ellos, aunque sobresale la primera frente a la segunda. Tal asunto también sale a flote en la historia de Zoraida, mujer que inventa Pejerrey tras contemplar una pintura en el Real Monasterio; una mujer que acaba sola, sin hijos ni esposo en la imaginación del testigo. Pese los tonos negativos, hay un alivio cómico en el testimonio del narrador, uno que se verá contiguo a la denuncia que hizo sobre los homicidios, tras notar un resto corpóreo en los alrededores y luego no hallarlo en el mismo lugar; como si la tierra se lo hubiese tragado y le cortara las raíces genealógicas que podrían explicar su origen.
Sin pistas decisivas, presos de la inexactitud, solo resta apelar a la artificialidad. «Prótesis» comprende la última reunión de Fernando en Arequipa, acompañado de Reynaldo y J. Valencia. El interés de Reynaldo por las deformaciones o la ausencia de partes corporales, las declaraciones de los involucrados en la escena del crimen, las alusiones a un presunto origen oriental de la cultura inca a través de un estudio ignorado y la presencia de una especie de doppelganger o antepasado que porta las sigla F. R. son síntomas de una incertidumbre interminable, cuyo devenir solo podría aliviarse evitando que se archive el caso; o, cuanto menos, dejando artificialmente una pista más que incentive su permanencia. Es así como el viajero, movido por esta pesquisa, recibe sus memorias por boca de Reynaldo y las asume pese a su impotencia para evocar recuerdos por sí mismo. Todo desenlaza en una estratagema para mantener abierta la indagación de Challapampa en el imaginario social, pues la indiferencia de las autoridades podría ser contundente. Esto es, una extensión artificial del cuerpo del delito que produce el deseo de buscar la verdad.
Ustedes que jamás vieron mi muerte es una impugnación que deja leer sin complicaciones; una impugnación ante las verdades incompletas. Su estructura tiene un ritmo muy marcado, cómodo en sus lineamientos, pero impredecible en ciertos detalles de la trama y los recursos paratextuales. Uno no espera encontrar fotografías, cuadros o grabados que hablen por las palabras en varios instantes, a la par que no son del todo predecibles las inflexiones dramáticas en cada historia relatada. La atmósfera y las rutas de la novela la vuelven mejor que Invencible como tu figura[1], mientras que los recortes hechos en esta segunda entrega son virtudes minúsculas que la diferencian de la primera edición. No así, los nudos del tejido son tantos que la trama central, es decir, el homicidio múltiple, se muestra accesorio. Podríamos justificarlo amparados en que lo gravitante en la novela no es la indagación del crimen, sino la vida de los testigos y sus vínculos personales; mas, de ser así, la presencia de J. Valencia y las novedades sobre los hallazgos del caso resultarían dispensables. Hubiese sido más apto encontrar otra excusa para mover los reencuentros y los relatos.
El final abierto, por tanto, es insatisfactorio. Las indagaciones de Fernando y el periodista elevan el suspenso conforme recopilan datos para resolver el crimen, mas el caso se encuentra opacado por la avalancha de experiencias que vienen por parte de los cuatro amigos visitados. Además, dicha elevación desciende muy deprisa al enterarnos de que cesarán en la investigación y el último indicio no produce el suficiente impacto para desorientarnos ni crear expectativas que nos permitan especular sobre el porvenir. He ahí una flaqueza, que, sin embargo, no quita el mérito a la simpatía de los personajes.
Las cuatro rutas relucen de un mayor a menor grado. Primero destaca la ruta de Pejerrey; nos envuelve con tragicomedias que transmiten traumas, como ver aves arder en el fuego amazónico, o anécdotas hilarantes, como el día que se quedó amarrado a la cama de su amante por más de diez horas. Luego la ruta de Richie, tan llena de desamores y consciencia histórica en torno a la figura de Mariátegui que logra atraparnos con un desenredo inesperado. Después está la ruta de Rodrigo, quien cae en un tono muy serio y se tropieza con la linealidad de sus relatos, aunque despierta reflexiones curiosas sobre la muerte o la memoria. Y más abajo, la ruta de Reynaldo, un testigo que nos pone al día con respecto a la vida sobre otros amigos que asistieron al incidente y comparte su hallazgo sobre la influencia oriental en la lengua incaica. Los cuatro se llevan la estelar, explotan el realismo en curso hasta desplazar el ritmo detectivesco, por lo que incluso la autoficción pasa a segundo plano y producen simpatías que dotan la segunda novela de Fernando Rivera de un atractivo salvable.
Hacedor: Edward Álvarez Yucra
[1] Que, si bien tenía un buen inicio y se desempeñaba con un estilo refinado y meditativo, pecaba un poco de ambigüedad al conectar sus historias y descuidaba un tanto la verosimilitud del narrador, quien a veces adquiría un registro muy profundo y filosófico para ser un habitante al margen de la ciudad.

